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viernes, 16 de febrero de 2018

“ABADIN, CAPITAL DEL GRELO”, por Rhodéa Blasón




     Durante estos días, e incluso el martes, tienen lugar los desfiles de la fiesta más “lambona” del año, el Carnaval. En ellos se disfruta y se divierten sus participantes mostrando al público que acude a verlos su inagotable imaginación para hacer realidad los disfraces más atractivos del momento. Mientras, en torno a una mesa, como cualidad gallega de la que no se escapan los chairegos, las familias y los amigos se han sociabilizado y disfrutado con las numerosas viandas propias de las degustaciones particulares de la época. En todas ellas tenemos como protagonistas a las diferentes partes saladas del cerdo, cada una de ellas con su gusto característico, único, y exquisito. Se han comido “caldos de osos”, cocidos con “cachuchas”, chorizos, lacones, …Filloas, “orellas de frade”, rosquillas, torrijas, ...Todo de la mejor calidad, como no puede ser de otra manera con los productos de A Chaira.

     Pero no podemos olvidarnos del culmen de el Carnaval este año que tendrá lugar en Abadín con la exaltación de uno de los productos estrella de casi todos los cocidos que se hayan podido preparar estos días: el grelo. El próximo sábado, día 17 de febrero, en el recinto ferial de Gontán, en Abadín, tendrá lugar la XIII edición de Expogrelo. Participarán unos veinte agricultores de la zona que pondrán a la venta una gran cantidad de este producto más dulzón y tierno que los de otros lugares de la provincia de Lugo. El recinto de Gontán se abrirá al público a las diez de la mañana y estará amenizado con charangas que alegrarán la jornada. Durante este día tendrá lugar una degustación de platos elaborados con grelos de la zona, como empanada y caldo, entre otros.

     Bien es cierto que los grelos de Abadín son muy conocidos por los buenos gastrónomos porque acuden a comprarlos personas de diferentes lugares de Galicia, Asturias y León, para grandes restaurantes y casas particulares en los que se preparan con recetas cada vez más vanguardistas.



miércoles, 14 de febrero de 2018

MI ULTIMO SUSPIRO, por Rhodéa Blasón



       Desorientada, fría, desnuda, contraída, esquiva, ...Tu caparazón me cubre, me ampara, pero no me protege de mis sentimientos más íntimos, ni de mi fragilidad.
     
        Obscuridad, eco, tristeza, soledad, ...Pensé que era un sueño que desaparecería al despertar, pero permanezco aquí. Escondida, asustada, temblorosa, ...Mis pulmones no se llenan al completo de aire y eso me perturba.

        Mis ojos no dejan de mirar tu impenitente lengua que los hace mecerse de un lado a otro. Mareo, desamparo, exposición, ...Mi miedo y mi ceguera me impiden moverme y buscar la realidad.

        ¡Quiero salir y respirar!

        ¡Quiero salir y ver la luz!

       El inmenso peso de lo que me tapa me lo impide.

       ¿Quién puede pensar que intenté escapar de la vida en el interior de una campana bajo la que entré a rastras?

        Pero no sé qué ocurrió. Me despertaron los fuertes golpes de su badajo y vi que estaba apoyada sobre la piedra.

        Nunca podré salir de esta obscuridad.

        Aquí exhalaré mi último suspiro.


jueves, 8 de febrero de 2018

"CARTA DE UN VIEJO ARBOL A SU RETOÑO", por Rhodéa Blasón

       Hola retoño mío:

       Soy un viejo árbol casi seco que lucha porque sus raíces alcancen un pequeño riego de agua que le permita sobrevivir. Sé que tú eres todavía un retoño muy joven para darte cuenta de que a mí me amenazan los vientos con la misma crudeza que la sequía. No soy consciente de cuál es más amenazante si el que viene del Norte, del Sur, del Este o del Oeste. Pero siempre, en algún momento en el que arrecia uno de estos vientos, la parte verde de mi existencia se convierte en una mesa de billar y tengo que protegerme y protegerte de los duros golpes y embestidas que me procuran sus redondeadas bolas en cada una de mis ramas.

      Somos distintas generaciones, retoño mío; yo, por experiencia, quizá trate de adaptarme a todos los males que me puedan producir dolor; tú, todavía joven y con impericia, intentas que yo piense como tú, algo que nunca podrá suceder. Yo te enseño que no estamos aquí porque sí, sino porque alquien tuvo la feliz idea de plantarnos y regarnos para que creciéramos. Así de mis raíces surgiste tú, savia de mi savia. Pero no lo entiendes, ni me escuchas. ¡Hablamos en canales tan diferentes que incluso nuestras raíces se alejan cada vez más en busca de la tan necesaria agua!.

      La verdad es que no sé cuándo comenzamos esta estúpida carrera de raíces que no nos lleva a ninguna parte y que, con alegría mía, sé que vas a ganar tú por rapidez y que ni no ocurriese así sepas que siempre te dejaría beber a ti antes de hacerlo yo. ¡Por amor y responsabilidad!.

      Cuando tengas tus propios retoños tal vez, sólo tal vez, alcances a entender a este árbol viejo que te escribe con tanto cariño y lo que hacemos por los brotes de nuestras raíces. Y también tendrás debates generacionales  y lucharás con ellos por hacerte entender, ¡Ojalá lo logres en plenitud!.

      Te lo deseo a ti, retoño mío, de todo corazón

                                   Suerte en la vida
                                   y que tu madurez sea serena

                                      Un árbol viejo


viernes, 2 de febrero de 2018

¿HIJOS EGOISTAS?, por Rhodéa Blasón





             José era un hombre mayor, curtido en mil batallas. Había viajado a Cuba en su adolescencia de la mano de su hermano mayor Manuel y allí se había dedicado a trabajar en una refinería de caña de azúcar. Escapaban del hambre que convivía junto a ellos en su humilde hogar. Esta dura emigración, más los años que vivió en Melilla y en el sur de España hicieron de José un hombre serio, duro por fuera, pero enormemente noble en sus sentimientos y emociones.
              Tras labrarse un porvenir en su aldea se casó y tuvo hijos, a los que intentó enseñarles lo que era la grandeza de la vida: cruel y feliz, por momentos, como las estaciones del año. Ninguno de sus hijos quiso continuar con su pujante negocio que cada vez crecía más y él sufría en silencio, porque la existencia le había enseñado que el hombre inteligente era el que valoraba y meditaba sus respuestas. Tras enviudar volvió a hablar con sus hijos por si alguno quería continuar con su empresa pero todos se negaron. No tenían intención de trabajar para sí mismos; era mejor tener una nómina a fin de mes que luchar por el sueño de su progenitor, en el que había invertido dinero, trabajo y había hecho realidad muchos objetivos que se había marcado.
               José aceptó con tristeza la decisión de sus vástagos. Pero sus ojos se tornaron opacos y su boca en pocas ocasiones esbozaba una sonrisa. Cuando sus retoños comenzaron a quedarse sin trabajo por causa de la crisis, venían junto a su padre a pedir dinero o que les buscase trabajo. El siempre les ayudó con comida y a veces les tapó algún "agujero", pero siempre les repetía lo mismo:
               -Pudisteis seguir con mi negocio y tener trabajo y dinero, pero no quisisteis. Yo tuve que malvender la mercancía que tenía para retirarme y ahora mi pensión de jubilación es pequeña no puedo ayudaros más.
               Poco a poco sus hijos se fueron separando de él porque pensaban que su padre se había hecho rico en Cuba y no quería ayudarlos, pero la verdad no era esa. Yo, junto a todas las personas que querían escucharlo, le he oído explicar que de Cuba trajo unos ahorros que invirtió en su negocio para ponerlo a funcionar y lo hizo crecer pensando en dejárselo a sus hijos que no lo quisieron. Nunca pudo recuperar lo invertido y ahora vive y pena mirando el fuego de una chimenea de leña en una residencia de ancianos a la que sus hijos no acuden a verlo ni por Navidad.

martes, 23 de enero de 2018

"LA SOLEDAD, ENFERMEDAD CRUEL", por Rhodéa Blasón


      Una de las enfermedades más graves y crueles que padece nuestra sociedad en la actualidad es la soledad. Es silenciosa, pérfida, nociva, sibilina, infame, ...y puede llevarnos en dirección a la muerte sin que el ser humano sea consciente. Vivimos en un mundo demasiado desprendido de los mayores, los enfermos, los niños (quienes también sufren los efectos del aislamiento y el abandono), o de las personas que tienen problemas de interrelación con sus semejantes. Se perdió el arte de la conversación con nuestros semejantes, la virtud de la solidaridad y empatía con las personas de nuestra familia o cercanas que viven solas, ...o directamente es más fácil enviar a los mayores a residencias en las que, aunque estén perfectamente bien de salud, serán considerados pacientes y seguirán órdenes que no los satisfacen emocionalmente; igual ocurrirá con los enfermos de quien la mayor parte de la gente se quiere separar sucediéndose el "efecto paloma" que dejará cerca de ellos a muy pocas personas; a los niños para que no pregunten, no hagan ruido, no se manchen (no concibo la felicidad de una criatura sin que realice estas tres actividades mínimo) es preferible dejarles juegos de móvil o de máquinas que en algunas ocasiones superan con gravedad los niveles de violencia permitidos para personas pequeñas que no tienen sus mentes todavía formadas, antes que una pistola de juguete como las de toda la vida que simplemente haga ruido y el chiquillo tenga que estimular su imaginación para jugar a indios y vaqueros con otros compañeros; y a quienes se sabe que viven en soledad es más fácil apartarse de ellos no vaya a ser que nos pidan demasiado o nos cuenten sus desvelos.

     Con diferencia y a pesar de que soy partidaria de todos los avances tecnológicos que existen no dejo de acordarme de los parloteos que veía durante mi niñez en mi casa, en dónde se hablaba de todo y se me explicaba todo aquello que no entendía. Se convivía y se compartía con los vecinos, se jugaba con nosotros, los niños, se pensaba en los enfermos y se ayudaba con ellos aunque no fuesen de la familia y las personas que vivían solas cerca de casa sabían que podían acudir a comer o a pasar la tarde. Unos jugaban a las cartas, otros reían, otros paliqueaban sin parar y otros hacían las actividades que les apetecían. Fueron tiempos hermosos y llenos de aprendizajes para mí. La verdad es que tuve que hacerme mujer mucho antes que otras personas de mi edad porque tenía enfermos de mi sangre y muy cercanos, pero eso me ha valido a lo largo de mi vida para ser más sensible con quien lo pasa mal.

     Antropológicamente la sociedad ha cambiado demasiado rápido en muy pocos años y quizá los seres humanos no hemos sabido adaptarnos a esa transformación tan dinámica. Por eso existe la soledad que en tantas situaciones acaba en depresiones o enfermedades mentales graves que no deberían existir, pero, por sí sola, la soledad (y más si va acompañada de tristeza) es una lacra social que avanza a pasos agigantados en la sociedad en la que vivimos y lo peor es que no queremos mirar a nuestro alrededor para verla, jugando al entretenimiento del avestruz que esconde la cabeza debajo de su ala y así cree que no la ven.



     

sábado, 20 de enero de 2018

"LA SABIDURÍA DE UNA MUJER", por Rhodéa Blasón

    Octavio era un hombre alegre, empresario de éxito y estaba casado con Sofía desde hacía más de veintiséis años. El consideraba que su matrimonio le había aportado, además de sus ocho hijos varones, estabilidad a su vida; su mujer era una señora en todos los aspectos, siempre dedicada a su familia a la que adoraba y a su esposo. Pero Sofía sabía desde antes de contraer matrimonio con su marido que era muy mujeriego, creyó que al casarse él cambiaría, pero ocho embarazos seguidos no consiguieron que él se adaptase a su mujer que le quería con toda su alma. Se acostumbró a llegar tarde por las noches y a acudir a muchas fiestas a las que los invitaban y a las que ella no podía ir porque no tenía con quien dejar a sus hijos. Al día siguiente percíbía el aroma a colonia femenina en su ropa e incluso las marcas de carmín y maquillaje en sus camisas: lloraba en silencio, le quería pero su corazón se endurecía con los años que le hacían ver su vida desde una perspectiva diferente. Sus hijos fueron creciendo y marchándose a estudiar fuera de la localidad en la que vivían.
     El primer año que pasarían los carnavales solos, su marido no la invitó a disfrazarse con él y salir a cenar y después al baile. Ella estaba acostumbrada a que no la llevase a ningún sitio porque así él era libre de liarse con otras mujeres y llegar a casa y no dar explicaciones. Pero Sofía, mujer inteligente, estaba decidida a acudir al baile de disfraces de este año con su marido o sin él. Esperó a que su hombre se marchase y se disfrazó con un traje de mariposa que había confeccionado con sus propias manos. De colores vistosísimos y tejido de punto se ajustaba perfectamente a su fino cuerpo. Cubría su cara con unos anteojos de tela y flecos que brillaban con la luz y recogió su melena en un moño bajo del que caían tejidos de diferentes colores que sujetos a sus manos cubiertas con guantes cuando abría los brazos semejaban las alas de tan precioso animal volador.
    Llegó al baile sola y buscó a su marido que iba disfrazado con la cara al aire. Estaba bailando con una mujer joven; se le desgarró el corazón ante aquella visión dolorosa. Se acercó a la pista de baile y cuando iba a comenzar a bailar sintió un brazo que la cogía por la espalda: era su marido. ¿La abría reconocido?
    -¿Quieres sentarte conmigo y tomar algo?, le dijo meloso
    Ella asintió con la cabeza. Dudaba sobre lo qué hacer. Pensaba que nadie la reconocería con su disfraz. Llegó él con dos copas de champán en sus manos. Ella mojó con ligereza sus labios, no estaba acostumbrada a beber y no quería que se le subiese a la cabeza. Oyó atónita decir a su esposo que no dejaba de sobarla con sus manos.
    -Tienes un cuerpo impresionante, una cintura estrecha que preceden unas caderas ideales. Tus brazos son finos y largos como tus piernas.
    Sofía emocionada estaba a punto de quitarse la máscara porque estaba convencida de que su esposo la había reconocido hasta que le escucha decir.
    -Ya quisiera mi mujer tener una figura como la tuya. Y las piernas, ¡estas sí que son piernas y no las de mi mujer!
     A punto de ahogarse con el enojo que sentía se quitó con rapidez el antifaz y le señaló a su marido con firmeza.
     -Todo este cuerpo mucho mejor que el de tu mujer es el de tu esposa, la mujer que te ha dado ocho hijos y que no quiere verte nunca más en casa porque le das asco.
     Gritó tal vez demasiado porque todo el mundo se silenció para escuchar sus palabras. No intentó oír las inútiles palabras de su mujeriego esposo le decía. Ella lo había intentado, pero ahora confiaba en que viviría feliz con sus propios medios y que sus hijos la apoyarían.


 
 

viernes, 19 de enero de 2018

¡BARRERAS ARQUITECTONICAS!, por Rhodéa Blasón



          Cuando uno tiene la necesidad de acudir a las instituciones administrativas para arreglar cualquier tipo de documentación se da cuenta de que en el sentido arquitectónico de estos lugares existen muchas carencias que se aprecian a simple vista por cualquier administrado. Pero es muy triste cuando la persona que va a solucionar sus obligaciones y está impedida físicamente en cualquier grado, pero ya no puedo imaginarme su impotencia si tiene que utilizar muletas o silla de ruedas.  Estoy hablando de personas que pagan sus impuestos cuando les corresponde como todo el mundo pero que no pueden acceder a ciertas oficinas públicas porque no pueden subir escaleras y no hay ascensores, por ejemplo. Pero la lista de casos y seres humanos que se ven afectados por estas barreras es inmensa y en este apartado, por favor, que nadie se olvide de las personas ciegas. Es de todos sabido que si tienen un perro guía el can puede entrar con ellos en cualquier lugar, pero no siempre se lo permiten, aún sabiendo que esos animales están educados a la perfección y adiestrados para ser una extensión de sus dueños.

        Este artículo viene a cuento, porque hace poco acudí por motivos familiares a una notaría y yo acudía en muletas. Había ascensor sí señores, pero para llegar al aparato tuve que subir un enorme escalón hasta el portal y luego veinticuatro escaleras que me rompieron todos y cada uno de los maltrechos huesos de mi espalda. Claro cuando llego a las oficinas tengo que sentarme porque no puedo más y me preguntan con amabilidad:

    -¿Pero no has cogido el ascensor?

       Yo sonreí impotente, porque quien puede andar no sabe lo que es no poder haberlo.

     Días más tarde debo acudir al registro de la propiedad. Ya de lejos veo que no está a raso del suelo, pero tiene una maravillosa barandilla que va desde el lado izquierdo del piso más bajo hacia el derecho, o viceversa. Depende desde dónde lo veamos. Tal vez como soy diestra me dirijo con mis muletas, teniendo que dejar el coche que conducía un familiar a casi un kilómetro de distancia porque no se podía acceder más cerca, hacia mi derecha y veo sólo escaleras, bastantes escaleras. Creí que del otro lado podría existir una rampa y hacia allí me encamino, pero me doy de bruces con más escaleras que tenía que subir. Era el último día que tenía para recoger la documentación pertinente y me decidí a ascender como pudiese. Unas escaleras demasiado altas, muy difíciles de superar, pero al fín y no sin esfuerzo lo consigo.

   La verdad es que el personal que allí encontré resultó muy amable. Me pusieron una silla, que no había, porque el lugar era reducido. Me ayudaron luego a bajar llevándome mi legajo de documentación. E insistiendo que que me acompañarían hasta el lugar en el que estuviese el coche.

    Les estoy agradecida en ambos casos por haberme tratado bien, ya sé que es su trabajo, pero hay que reconocer cuando se realiza de manera eficaz y con humanidad.

    Podría hablar de los altísimos bordillos de las aceras, o de las traicioneras bajantes que se han dejado en algunos puntos para que las sillas de ruedas puedan bajar. No es así. En esas pronunciadas bajadas una silla de ruedas pierde estabilidad y puede caer con la persona que lleva sentada, como el carrito de un bebé, o una persona que va en muletas. Yo suelo bajarlas de espaldas. Aprendí con los años que es mucho más seguro!

   Así podría poner un sinfín de ejemplos que sólo conocemos las personas que sufrimos y convivimos diariamente con las barreras arquitectónicas que tantas personas que afortunadamente no las necesitan no las ven. Esto es sólo un pequeño ejemplo de que la sociedad no piensa en los incapacitados físicos.