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viernes, 4 de mayo de 2012

CRIMENES ENCADENADOS II

    El jefe de policía no había visto nada igual en sus muchos años trabajando al frente de la Comisaría de la ciudad de Abilius. Cuando sonó su teléfono particular al amanecer supo que algo grave había ocurrido, pero nunca pensó encontrarse con algo tan horrendo en el lugar del suceso. Había un cadáver de mujer joven mutilado y con numerosos mordiscos en distintas partes de su frío cuerpo. El parque de Llaranes no  podía ser objeto de un crimen tan macabro. Una ciudad tranquila y apacible, vería enturbiada rápidamente su rutina cuando sus habitantes se enterasen de lo que había ocurrido. ¡...Y todo sería cuestión de tiempo!.

    Los agentes de policía intentaban mantener el escenario del crimen lo más intacto posible hasta que llegasen los policías de homicidios que había tenido que llamar a otra ciudad, ya que en Abilius la Comisaría carecía del personal convenientemente preparado. El Jefe miró nuevamente el reloj y le parecía que tardaban mucho en llegar. Se encontraba sólo ante un hecho muy grave y totalmente nuevo para él y tenía miedo que los medios de comunicación se enterasen del asesinato antes de que llegaran los refuerzos que esperaba. Menos mal que el cuerpo se encontraba semiescondido entre la maleza cercana a unas frondosas y que el hombre que lo había descubierto estaba sentado allí mismo sin moverse y con la vista vacía. "Ví una zapatilla de deporte entre las ramas y mi perro se acercó. Moví las ramas y ví un cadáver de mujer", fue lo único que dijo desde hacía más de dos horas.

  Para ayudarse a pasar el tiempo, Juan Presto, el jefe, que se impacientaba por momentos, volvió ha dirigir sus pasos hacia el cadáver y se quedó mirándolo fijamente. No sabía si era porque no había tomado su taza de café negro diaria de la mañana y sus sentidos todavía estaban adormecidos, o en aquel cadáver había algo raro, pero no sabía que era. Se decidió a llamar a un fotógrafo de su confianza, para que sacara todas las fotos que pudiera de aquella escena que tan extraña le resultaba.

    El fotógrafo no tardó mucho en llegar e hizo lo que el comisario Presto le pidió. Cuando terminó su trabajo tuvo que jurarle que aquellas fotos reveladas sólo se las daría a él y que no comentaría con nadie en la ciudad lo que allí había visto. Sólo después de este requisito le dejó marchar para hacer su trabajo.
¡Qué narices! ¿Qué más puede hacer un comisario de una pequeña ciudad que esperar a que vengan los policías que estaban acostumbrados a trabajar con la muerte? Se sentó junto a la persona que descubrió a la mujer muerta y a su perro y allí esperó dos horas más al personal de homicidios.

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